La buena prensa de la pereza
Muy sobrevalorado está el trabajo en nuestro tiempo. Mientras los autores de autoayuda elogian el "trabajar, trabajar y trabajar", este texto rinde un justo homenaje al ocio y la molicie.
POR Francisco Gutiérrez Sanín
© Rainer Berg | Corbis
Entramos en receso de fin de año, con su ruido y desenfreno gregario, que me abruman, y la expectativa de largas horas de ocio, que me fascina. No hacer nada, dejar correr el tiempo, desocupar las agendas y darse cuenta de cuán vacías estaban desde el principio, son ejercicios gratificantes y a la larga fundamentales para todo.
Pero, ¿la civilización que nos tocó vivir no castiga la pereza en todos los tonos? ¿No estamos en una lucha, que ya revela sus visos irracionales, por ahorrar cada minuto y cada segundo, porque según decía el buen Benjamin Franklin “el tiempo es oro”? Hay muchas evidencias de que nos hemos vuelto una especie descabelladamente hacendosa, y que trabajamos, literalmente y a contracorriente de nuestro código genético, como burros. Marshall Sahlins, uno de los brillantes gurús de la antropología económica, recuerda con nostalgia vicaria que un cazador-recolector que se respete no trabaja más de seis horas al día. La última gran oleada de cambio tecnológico sobre la que cabalgamos dificultosamente garantiza que siempre estemos conectados, y que los momentos de receso se parezcan cada vez más a una vigilia laboral que al sueño: siempre conectados, siempre dispuestos, con la obsecuencia competente, fácil y algo abyecta de un boy scout. Sí: una gran y compleja civilización, pero construida crecientemente sobre el ethos del boy scout.
La literatura que recoge este espíritu de manera emblemática es la autoayuda: quién se ha robado tu queso, y esas cosas. Creo que la primera opus magna de la autoayuda fue La carta a García, todavía un clásico del género. Después las librerías se han llenado de esos que en realidad son sermones laicos. Estamos hablando de los libros de lejos más vendidos en la mayoría de países del mundo: derrotan con el dedo meñique a la religión, a la pornografía, al deporte y a la política, no hablemos ya de la literatura de verdad, cosas estas que nos quitan tiempo para producir. Pues el mensaje central de la autoayuda es el mismo que alguna vez pronunció, célebremente, Álvaro Uribe: hay que “trabajar, trabajar, y trabajar”. He hojeado muchos de estos textos, con el propósito de hacer un ensayo –de comprensión, no de denuncia– que se me queda siempre para después. Si algo no me ha podido enseñar toda la autoayuda que he leído es a no aplazar las cosas hasta el límite: por el contrario, he convertido esto en una artesanía que cultivo morosamente.
La otra cara de la moneda es que, al menos desde mitad del siglo xix, una reacción –en parte conservadora, en parte de inspiración socialista, en parte ambas– no masiva pero sí significativa trató de construir un discurso favorable al ocio. Los cuentos de detectives de Edgar Allan Poe están protagonizados por perezosos colosales, que no hacen absolutamente nada en la vida (al menos no entre caso y caso). ¿Cabe Sherlock Holmes allí? Es más bien ambiguo: lo sabe todo, desde artes marciales hasta crítica de arte, pero nunca aparece trabajando, lo que se dice trabajando. El sudor y la adrenalina son aportados por el simplón Watson. La inteligencia, como en Poe, se desarrolla en el silencio y la penumbra. Poco antes, Paul Lafargue, el yerno de Marx, había escrito una oda a la pereza. Si La carta a García era abierta, histéricamente patronal –después se ha hecho mucho más sutil–, no debe sorprender que desde el lado socialista se reivindicara el derecho sagrado a no hacer nada. Nuestro Tomás Carrasquilla contribuyó a esta oleada temprana de ociosidad programática con una verdadera obrita maestra, un elogio a la pereza como un dispositivo contra la violencia. En su interpretación, los trópicos nos hacían somnolientos y tranquilos, por lo que no nos matábamos en masa como los muy hacendosos europeos (era durante la Primera Guerra Mundial; ahora las imágenes mutuas se han invertido).
Hace unos cuantos lustros el tema resucitó. En Europa un buenavida tuvo la idea fantástica de crear un movimento, el slow food, para comer despacio y gozarse la vida. Hoy sería inconcebible un detective solitario, aislado y gárrulo, que no hace nada; pero algunos investigadores mediterráneos –que son en sus respectivas novelas acuciosos burócratas y van de la ceca a la meca extrayendo datos– se alegran la vida con fantásticas comilonas y ocasionales siestas. En comparación con Poe, se ha cedido un poco pero manteniendo los principios en pie. La pereza se mueve, y ya acepta salir a regañadientes de la cama, pero aún encuentra sus espacios.
El slow food, sin embargo, no quería ser expresión de la excepcionalidad aristocrática de mentes superiores, sino de la resistencia a las locuras del capitalismo. En América Latina, ese tipo de discurso ha tenido buen recibo en algunos círculos. Nunca fue predominante, pues al fin y al cabo para construir un gran partido político de oposición, por ejemplo, no hay más alternativa que trabajar a brazo partido. Pero me imagino que pasar una mañana rascándose la barriga en nombre de la lucha contra el neoliberalismo puede tener sus encantos. Por eso cuando el presidente del Uruguay, José Mujica, declaró que había que ponerle el freno a la locura de “trabajar, trabajar y trabajar”, YouTube colapsó y miles de personas en nuestro continente perdieron la cabeza. El mazacote argumental sobre el que se apoyaba Mujica tomaba un poco de aquí y de allá: alimenta más el alma pasar una tarde con amigos mirando una puesta de sol, si seguimos por esta vía el mundo se va a acabar, etc.
Ahora bien: hasta donde sé Mujica es excelente gobernante, y parece bastante buena persona. Pero su canto al tiempo libre, tan políticamente correcto y tan light, no tiene por qué adquirir carta automática de ciudadanía ni por qué ser eximido del escrutinio crítico. Esta sí que es una función que nunca hay que dejar descansar. Muchas perezas tienen buena prensa: nunca, empero, la pereza mental. Felices fiestas.
ACERCA DEL AUTOR
Columnista de El Malpensante y El Espectador. Es profesor en el Iepri de la Universidad Nacional de Colombia.